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La historia de la ira femenina

Desde la ira refinada de Virginia Woolf hasta el auge de la superpositiva cultura “girl squad”, la ira de las mujeres ha sido siempre una fuerza poderosa, desestabilizadora y, a menudo, incomprendida.

Stassa Edwards

Stassa Edwards

Image by Kat Aileen via B & J / Stocksy

La ira de las mujeres es una fuerza muy poderosa, considerada como peligrosa y desestabilizadora, que siembra el caos en los hogares felices y en las comunidades más tranquilas. Los estereotipos sobre la ira femenina abundan: la esposa chillona, la exnovia loca, las feminazis y las mujeres negras cabreadas. Estas expresiones son lugares comunes a los que se recurre con facilidad cuando la ira de una mujer amenaza con sabotear determinado sentido del orden social.

Y aun así, a pesar de las advertencias y los desprecios, existen mujeres que se han negado a permanecer en silencio, que han desatado su ira y la han dejado desbordarse. En sus manos, la ira es una negativa radical a permanecer calladas, una negativa a confinar sus emociones más molestas para la sociedad. La historia está llena de mujeres que se niegan a obedecer el consejo que se les ofrece en los tiempos modernos, inspirado en Oprah, de "dejarlo correr".

De la Biblia al Renacimiento

"Mejor es morar en tierra desierta que con una mujer rencillosa e iracunda", reza un verso del libro de los Proverbios del Antiguo Testamento. Esta reflexión resulta bastante chocante: es preferible llevar una existencia de reclusión vagando por el desierto que vivir con una mujer que se atreva a expresar cualquier atisbo de insatisfacción. Si una mujer desea mantener feliz a su marido y vivir en un hogar dichoso, más le vale barrer su ira bajo la alfombra o meterla en el fondo de algún cajón de su mente con la etiqueta "no abrir".

Mejor es morar en tierra desierta que con una mujer rencillosa e iracunda.

Parece una tarea casi imposible, dado que se ha ido demostrando en un estudio tras otro que las mujeres experimentamos tasas más elevadas de ira y las sentimos con mayor intensidad y persistencia que los hombres. Y los motivos para dicha ira, según la ciencia moderna, no son en absoluto abstractos: las mujeres se sienten más airadas cuando se las trata con condescendencia, se las ignora o se las rechaza. Una investigación reveló que, de forma apabullante, "las mujeres tienden a sentirse airadas por los comportamientos negativos de los hombres, mientas que los hombres tienden a sentirse airados por las reacciones emocionales negativas de las mujeres".

Sin embargo, los Proverbios no aconsejan a los hombres que cambien su comportamiento ni sugieren que podrían ser ellos la causa de la ira de las mujeres. Simplemente sugieren que busquen la soledad y se aíslen. Quizá sea ese el motivo por el que las sociedades tratan la ira de las mujeres con semejante desdén, sin tener en cuenta aparentemente el marco cultural o la ubicación geográfica.

La primera mujer —de la que tenemos noticia— en abrazar abiertamente su ira fue la escritora del siglo XVI Jane Anger, cuyo nombre le venía al dedo (anger significa ira en inglés). En su panfleto publicado en 1589 Protection for Women (Protección para las mujeres), Jane ataca la ignorancia de sus colegas masculinos, la facilidad con que recurren a los estereotipos del "sexo débil" y su arrogante creencia de que la suposición es sinónimo de hecho constatado. Jane no escribió su fervoroso panfleto para buscar y responder las ideas de los hombres con respecto a las mujeres, sino que escribió Protection for Women para expresar lo inexpresable. Lo escribió para expresar su ira.

Las sociedades, sin tener en cuenta el marco cultural o la ubicación geográfica, tratan la ira de las mujeres con desdén.

La misma Jane reconoce que la ira fue su musa y describe su texto como "algo que mi vanidad y mi mal genio escribieron precipitadamente... fue la IRA la que lo escribió". Y su prosa es especialmente crítica con los estándares modernos, un desvío radical del tono conciliador que se esperara que adoptaran las mujeres en el siglo XVI. Jane no se dejó nada en el tintero en su manifiesto protofeminista y atacó a los hombres por su lascivia, sus excesos y su negativa a romper con la retórica tradicional que describía a las mujeres como zorras descerebradas:

"Maldita sea la falsedad de los hombres, cuyas mentes a menudo actúan de forma irreflexiva y cuyas lenguas no paran quietas, afanosas por criticar. ¿Alguna vez hubo alguien tan despreciado, maltratado, criticado o tratado de una forma tan vilmente inmerecida como nosotras, las mujeres?"

Los académicos de la literatura inglesa antigua siguen debatiendo si Jane Anger era un pseudónimo o un nombre casualmente a medida. Algunos (hombres) se preguntan incluso si Jane era una mujer o un hombre hablando por boca de una mujer, algo que se denomina "mujer ventriloquizada", pero parece poco probable que Jane fuera un hombre... no hay hombre capaz de expresar tanta pasión y dejar que una mujer se lleve el mérito.

Jane acabó siendo una figura muy influyente, su panfleto fue una de las primeras articulaciones de la frustración que sentían las mujeres ante el modo en cómo las percibía el mundo, especialmente dado que dicha percepción determinaba el rol de las mujeres en las relaciones heterosexuales.

Ni el infierno tiene tanta furia como una mujer despreciada.

Pensemos en este famoso párrafo de The Mourning Bride, de Congreve (1679): "El cielo no tiene ninguna rabia como amor al odio/Ni el infierno una furia como una mujer despreciada". Se trata de una frase tan arraigada en nuestra conciencia colectiva que su manifestación parece casi natural; como cuando Glenn Close hierve un conejito en Atracción fatal, o en películas que se comercializan como bálsamo para la escena girl power —como Todas contra él y No hay dos sin tres— en las que las mujeres crean vínculos entre sí con el único fin de mitigar ese rechazo.

De Wollstonecraft a Woolf

Fue precisamente esa ideología la que atacaba Mary Wollstonecraft en Vindicación de los derechos de la mujer (1792) cuando escribió "Solo lucho contra la sensibilidad que le condujo a degradar a las mujeres convirtiéndolas en esclavas del amor".

La ira de Wollstonecraft se presentaba suavizada por sus buenas maneras —no contaba con el anonimato de Jane Anger— pero aun así exploró las profundidades de la expresión de la ira. Era una ira nacida de la ausencia de visibilidad y, por extensión, de la ausencia de identidad. Ese tipo de ira profundamente intelectualizada era el método más habitual de articular las ideas entre aquellas mujeres.

Virginia Woolf. Imagen vía Wikipedia.

Es posible que Virginia Woolf fuera la encarnación definitiva de aquel tipo de ira refinada. Gran parte de su obra es una exploración de la frustración surgida de ser capaz de manejar el lenguaje sin tener ningún tipo de poder. En Una habitación propia, Woolf describe la ira presente en la obra de otras mujeres reflejando de ese modo la ira que ella misma sentía. Consideraba que la ira es una reacción frente al drama que supone para las mujeres ser consideradas ciudadanos de segunda, especialmente en la obra de Charlotte Brontë, una escritora con tanta ira que escribió sobre una mujer loca que vivía en un ático e incendió una casa.

"Podemos sentir la influencia del miedo en la obra", escribe Woolf acerca de Jane Eyre, de Brontë, "del mismo modo que sentimos una acidez constante resultado de la opresión, un sufrimiento enterrado latente bajo su pasión". Woolf identifica la tensión entre la percepción de que la ira femenina es invasiva —una fuerza corrosiva que menoscaba el poder creativo de las mujeres— y una reacción legítima ante la opresión. La ira inunda la obra de Woolf, de Brontë y de muchas otras novelistas que sintieron la temible fuerza de la opresión.

Segunda ola del feminismo

La ira de Woolf encontró una nueva forma de expresión a mediados del siglo XX, período que se convirtió en la auténtica edad de oro de las mujeres airadas. La segunda ola del feminismo se vio sustentada por la expresión de la ira; se trataba de una generación de mujeres que dio origen al feminismo rabioso y lo hizo creyendo que podría derrocar al patriarcado. "He alimentado y protegido mi ira feminista como si fuera mi hija", escribió la crítico feminista Jane Marcus.

He alimentado y protegido mi ira feminista como si fuera mi hija.

Y aquella ira resultaba palpable, nacida en manifiestos como SCUM, de Valerie Solanas (1968) y la instalación de vídeo Semiotics of the Kitchen, de Martha Rosler (1975), en la que agita un cuchillo. Durante seis minutos, Rosler recita el alfabeto, sosteniendo un accesorio de cocina que se corresponde con cada letra. Mientras lo hace, Rosler mira fijamente a la cámara. Conforme recita, nombrando los objetos de su represión, cada vez se le nota más trastornada. Apuñala con cuchillos, lanza al suelo artilugios pesados y para cuando llegan las letras "W, X, Y y Z" ya ha abandonado por completo su intento de nombrar objetos de cocina. En lugar de ello, contorsiona su cuerpo para imitar las letras, esgrimiendo un cuchillo con la mano derecha y un tenedor con la izquierda. En la letra "Z" deja caer el tenedor y, como el Zorro, dibuja una Z en el aire. En manos de Rosler, la acción celebradora de un héroe de ficción se convierte en una expresión amenazadora de indefensión. Solanas, que va más al grano, llama a los hombres "montón de mierda".

Rosler tenía sus cuchillos y Solanas, que más tarde dispararía a Andy Warhol, tenía su arma. Ese tipo de ira violenta era nuevo, no era del tipo compilado por los poetas antiguos ni tampoco del tipo que puede quebrantarse por la belleza ni ser infantilizado. Ningún hombre podía leer SCUM o ver Semiotics y decir con condescendencia "Qué guapa estás cuando te enfadas". Ni Rosler ni Solanas dejan espacio alguno para la calma, y la ira aquí no es simplemente un arrebato pasional: se exploran sus contornos y se buscan sus fronteras en aras de la destrucción.

hooks, Lorde y la cultura de la visibilidad

Aunque la ira de la segunda ola del feminismo tenía como fin ser liberadora, no carecía de limitaciones. Solanas y Rosler, Kate Millet y Judy Chicago, todas ellas tienen algo en común: eran mujeres blancas. Incluso aun tratando de liberar su propia ira, las feministas de la segunda ola se alarmaban ante la ira de las mujeres negras y aconsejaban a las mujeres de color que reprimieran su furia para mantener la estabilidad. Las mujeres blancas exigían a las negras que hicieran exactamente lo que el patriarcado les había exigido a ellas durante siglo. "Las blancas han colonizado a las afroamericanas", escribe bell hooks. "Parte de ese proceso de colonización ha consistido en enseñarnos a reprimir nuestra rabia, a no convertirlas a ellas en objetivo de la ira que sentimos con respecto al racismo". Si la expresión desbocada de ira se había convertido en una nueva herramienta para derribar los muros, las feministas blancas recogieron los escombros de ese maltrecho edificio y los emplearon para repeler la ira de las mujeres de color.

Audre Lorde. Imagen vía Wikipedia.

Las feministas blancas podían lidiar con los insultos que les dedicaban los hombres —había algo de poderoso en ser una muchedumbre de feministas rabiosas—, pero a menos que pudieran esgrimir la ira de las mujeres negras para sus propios fines, elegían silenciarlas. "Se espera de las mujeres negras que usemos nuestra ira solo al servicio de la salvación de otras personas... pero ese momento ya ha pasado", dijo Audre Lorde en un discurso pronunciado en 1981. "Mi ira me ha supuesto mucho dolor, pero también ha supuesto mi supervivencia, de modo que antes de abandonarla me aseguraré de que haya algo al menos tan poderoso como ella para sustituirla en mi camino hacia la claridad".

Se espera de las mujeres negras que usemos nuestra ira solo al servicio de la salvación de otras personas.

Para las mujeres negras como hooks y Lorde, ser dueñas de su ira era un acto especialmente radical. El estereotipo de "Mujer Negra Airada" surge de los espectáculos minstrel del siglo XIX, un género teatral dedicado a la degradación de los negros en la Norteamérica posesclavista. Sin embargo, esta declaración radical se perdió con las feministas blancas, que veían la mera expresión como un acto neutral al margen de las políticas raciales.

Girl Squads y cultura colectiva

Negociar la ira ha supuesto un problema en casi cada ola del feminismo. Sin embargo, aunque la ira puede unir a la gente, también puede dividirla. Las expresiones colectivas de ira solo resultan efectivas si todos los miembros de un grupo determinado se sienten igual de rabiosos. Hablar de la opresión es un acto de poder, pero las mujeres en general no forman un colectivo armonioso y perciben su impotencia de formas muy diferentes y desde muy diversos puntos de vista.

La ira femenina, que en su día fue una forma palpable de disidencia, parece haberse esfumado ahora de las conversaciones contemporáneas sobre feminismo y haber sido sustituida por una especie de taponamiento catártico de las heridas. Con el surgimiento de las relaciones colectivas —de diversos grupos y de su versión más suavizada, como las "girl squads"— parece que el lugar tradicionalmente reservado para la ira genuina y honesta se ha evaporado.

Cuando la positividad obligatoria es la norma, criticar a otras mujeres se considera como una amenaza al progreso feminista.

Con la creciente popularidad del feminismo, este movimiento ha dado un giro hacia lo positivo. Ya no se puede ser mala y todas las mujeres están obligadas a encumbrar a las demás como acto político, pero cuando la positividad obligatoria es la norma, criticar a otras mujeres se considera como un desvío en el mejor de los casos y como una amenaza para el progreso feminista en el peor. Pensemos en Taylor Swift, santa patrona de la girl squad, que ha defendido públicamente el feminismo y aun así ha protestado agriamente ante las críticas de una mujer que se sintió rabiosa con todo el derecho del mundo. Desde el punto de vista Swiftiano, la celebración es el modus operandi. En un mundo en el que las mujeres o bien forman parte de un equipo o bien son ninguneadas, la ira se reduce con frecuencia a peleas de "chicas malas".

Sin embargo, la ira femenina —en su expresión más pura y poderosa y en el contexto de la historia de la que emana— es un acto de rebelión. Las mujeres airadas siguen atormentando a muchos: las mujeres de Elena Ferrante están furiosas, Pussy Riot y las Guerilla Girls siguen disfrutando con la rabia y movimientos como el SlutWalk siguen creyendo en el poder desestabilizador de la ira. Parece que la historia de la ira femenina no ha llegado todavía a su fin.