Una tarde en el mercado de los matrimonios de Shanghái

Cientos de padres (y abuelos) se reúnen todos los fines de semana para intentar casar a sus hijos.

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01 febrero 2016, 3:50pm

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Lo confieso: fui al mercado de matrimonios de Shanghái solo para ver. Cuando me enteré de que por todo el país había lugares en los que se reunían gran número de personas con la esperanza de encontrar un cónyuge para su hijo soltero o su hija soltera, me pudo la curiosidad. Dispuesta a documentarlo, fui con un par de amigos y mi cámara.

El mercado de matrimonios de Shanghái surgió en 2004 casi de forma casual, ya que de todos modos los padres se suelen reunir en la Plaza del Pueblo para bailar y practicar artes marciales.

Poco a poco empezaron a aparecer carteles colgados en tablones, paraguas e incluso en el suelo, en los que estas personas incluían la información más destacable de sus hijos. Todos los fines de semana, cientos de padres y abuelos se reúnen en una zona junto a la salida nueve del metro de la Plaza del Pueblo para estudiar la oferta. Muchos charlan en corrillo, otros pasean de un lado a otro, armados con papel y lápiz y tomando nota diligentemente de la información de los candidatos y candidatas.

Los anuncios son muy directos: edad, altura, signo del zodiaco, peso, ocupación, logros profesionales, lugar de nacimiento... Este último dato es muy importante, ya que determina la posibilidad de obtener prestaciones sanitarias y derechos de propiedad. Pocas veces se incluye una foto, las aficiones de los candidatos, sus rasgos de personalidad o sus manías.

«Estoy muy preocupada», me explica la Sra. Tsai cuando me agacho junto a ella para charlar. Parece estar canalizando su estado de ansiedad en la bufanda azul eléctrico que está tejiendo a la misma velocidad a la que habla. Pegado a un paraguas está el anuncio en el que promociona a su hija.

«¡Mi hija pronto cumplirá 26 años y todavía no tiene novio! Todos mis amigos ya tienen casados a sus hijos y yo ya no sé qué hacer», se lamenta. «Ya es demasiado mayor, a los 26».

Intento consolar a Tsai asegurándole (y, sobre todo, a mí misma), que a los 26 todavía se es joven. No consigo convencerla y sigue quejándose de las pocas perspectivas de su hija.

«¿Sabe tu hija que estás aquí?», le pregunto.

«Sí, pero lo odia. Me dice que vaya yo a las citas. Hoy en día los jóvenes odian que los padres se metan en estos asuntos», responde Tsai.

En China, las bodas se celebran pensando más en los padres que en los propios hijos

Lo cierto es que la intromisión de los padres en los asuntos maritales forma parte de la cultura china. En este país, el matrimonio es mucho más que cierto grado de compatibilidad amorosa. Una unión conyugal sirve también para codificar o ensalzar el estatus social de una familia, una práctica que se remonta a la época imperial, en la que las bodas se organizaban principalmente por intereses monetarios. Un buen casamiento debe implicar la estabilidad financiera de ambas partes.

En China, las bodas se celebran pensando más en los padres que en los propios hijos. Son una forma de alardear ante empresarios y amigos, una declaración de intenciones que sintetiza el éxito de los progenitores en garantizar un futuro próspero y estable para sus hijos. Están siempre financiadas y organizadas por las familias, por lo que la compatibilidad entre ambos clanes familiares es tan importante, si no más, como la relación de los futuros cónyuges.

Asimismo, el núcleo familiar en China permanece siempre muy unido a lo largo de las generaciones. La mayoría de los hijos viven con sus padres hasta que se casan y es muy frecuente que los suegros se vayan a vivir a casa de uno de los hijos cuando llegan a una edad avanzada. Mi familia no es una excepción: mi abuela por parte de padre vive con mis padres y, cuando yo no estoy de viaje, vivimos todos juntos en casa, en los EUA. Es una tradición que se percibe como normal.

En la China continental, las cosas se agravan. Debido a la política del hijo único que se implantó en la década de 1980, la mayoría de los jóvenes en edad de casarse sufren una enorme presión por parte de sus padres para que digan el sí a la persona adecuada. Al fin y al cabo, cada familia tienes todas las esperanzas puestas en su único hijo. El matrimonio siempre ha sido sumamente importante para la reputación de las familias en China, y ahora más que nunca, teniendo en cuenta que se juegan todo su futuro a una sola apuesta.

Yo conozco la historia. Hace cuatro años, mi padre había organizado una cita a ciegas en China para mí y para el hijo de su socio de Tianjin. Ninguno de los dos sabíamos que aquello era una cita. Por aquel entonces yo ya tenía novio, y el hijo del socio de mi padre tampoco tenía idea de lo que ocurría. Para nosotros simplemente era una comida con nuestras respectivas familias.

No fue hasta un año después, cuando acababa de romper mi relación y todavía estaba recomponiéndome, que mi padre me confesó que aquel almuerzo lo habían organizado para saber si éramos compatibles y me preguntó si me interesaría salir con aquel chico.

Estuve bastante tiempo enfadada con mi padre después de aquello. Tenía novio cuando organizaron aquella cita, e incluso me habían dicho que les gustaba. La comida fue idea del socio de mi padre y organizada por este simplemente porque quería agradar a aquel. Pese a que mi padre admitió que era yo quien debía decidir si casarme y con quién hacerlo, el hecho de que intentara entrometerse me hizo sentirme muy ultrajada.

Me quedé pensativa mientras veía crecer la bufanda al mismo ritmo que mi sentido de culpabilidad. No debí haberme enfadado con mi padre; al fin y al cabo, soy una de las afortunadas.

La desesperación es aun mayor en el caso de los padres cuyo hijo único es un varón, ya que existe un desequilibrio considerable entre el número de hombres y mujeres en China como resultado de la política del hijo único

Mis padres se mantienen bastante al margen en lo que respecta a mis asuntos del corazón. Se conocieron en los EUA y se enamoraron, sin la intervención de sus padres. Tienen un negocio próspero y suficiente independencia económica como para vivir holgadamente sin mi ayuda ni la de mi hermano. Y aunque a veces mis padres se obsesionan con la profesión de los hombres con los que salgo, su lugar de nacimiento o la ocupación de sus padres, por lo general nunca se entrometen. Realizan un esfuerzo consciente por contenerse, aunque no siempre funciona.

No cabe duda de que los mercados de matrimonios de China nacieron de la inseguridad, de la creciente ansiedad de los padres al ver que sus hijos siguen solteros a medida que pasa el tiempo. La desesperación es aun mayor en el caso de los padres cuyo hijo único es un varón, ya que existe un desequilibrio considerable entre el número de hombres y mujeres en China como resultado de la política del hijo único. Según los pronósticos, en 2030, más del 25 por ciento de los varones chinos de treinta y tantos años nunca se habrán casado.

Enseguida me di cuenta de que más que un mercado, este lugar es una especie de refugio en el que los padres se congregan para aliviar sus miedos y consolarse mutuamente. Mientras camino entre todos esos paraguas decorados con pretenciosos anuncios, me asalta un sentimiento de culpa por haber venido a curiosear.

La mayoría de los presentes son madres deseosas de encontrar un buen partido para sus hijos. Hay abuelos encorvados, comparando notas, conversando animadamente cuando ven datos que son de su agrado. Resulta un poco entrañable; a fin de cuentas, es el amor el que los mueve.

Cerca de mí, un joven se acerca, dubitativo, a un anuncio y a su dueña. «¿Su familia es de Jiangsu?», pregunta él, refiriéndose a una provincia de China cercana a Shanghái.

La mujer lo mira con suspicacia, sorprendida. Su mirada delata a las claras que no tiene la menor intención de continuar con la conversación.

«Sí», responde lacónicamente.

«¡Yo también soy de Jiangsu!».

La mujer le dedica una media sonrisa e instantes después termina la conversación.

De vez en cuando puede encontrarse a algún soltero en el mercado, pero es raro ver a mujeres solteras. Según me han contado, resulta vergonzoso que las mujeres solteras acudan a esta clase de sitios. Y lo creo: incluso los candidatos más determinados perdían la templanza a la hora de abordar a un padre o a una madre. Son hombres valientes que van a hablar directamente con los guardianes de la puerta. Nadie en China es más crítico con un soltero que una madre orgullosa.

Mientras camino entre la muchedumbre, observándolo todo, advierto que junto a mí hay un tipo respirando profundamente.

Lo observo, confundida.

«Hola, me llamo David», se presenta con un inglés chapurreado y evitando mirarme a los ojos mientras posa los suyos sobre mi hombro.

Doy un paso atrás. David está demasiado cerca de mí.

Le doy conversación, más interesada en la propia interacción que en él. David nos había oído a mis amigos y a mí hablar en inglés y sentía curiosidad por saber qué hacíamos en un lugar como aquel. Él es uno de los pocos solteros que había acudido al mercado para echar un vistazo. Insiste de nuevo en que es la primera vez que viene y que lo ha hecho movido por la curiosidad.

David nació y se crió en Shanghái. Como era de esperar, empieza a hablar de su trabajo. Es agente de la propiedad inmobiliaria; empiezo a desconectar de la conversación. David percibe mi aburrimiento y me pregunta si me interesaría quedar para comer cuando vuelva a Shanghái.

«No esperarás que me case contigo, ¿no?», le pregunto con tono de burla.

«No, no, solo comer», responde David, tomando nota rápidamente de mi información de contacto.

Volví a pensar en mis padres, en aquella vez que les pregunté, hace varios meses, qué pasaría si no llegara a encontrar a nadie que me gustara.

«Bueno, entonces tendrás que vivir siempre con nosotros», bromeó mi padre. Mi madre soltó una risotada entre nerviosa y cariñosa.

Nunca respondí a los mensajes de David.