Image by Aizar Radles

Estas son las Cholitas luchadoras que combaten el patriarcado en Bolivia

Las cholitas o mujeres indígenas de Bolivia están abriéndose camino a base de golpes en el deporte de la lucha libre, tradicionalmente dominado por los hombres.

|
may. 17 2016, 7:20am

Image by Aizar Radles

Es domingo por la tarde en El Alto, Bolivia, y el sol se cuela a través de las ventanas manchadas de gravilla del Centro Multifuncional de la ciudad. Silvina La Poderosa se pavonea en torno a un ring situado en medio de la extensión de suelo de cemento, luciendo resplandeciente un traje de paceña. Dos trenzas perfectas asoman bajo un bombín que adorna su cabeza. Tiene un aspecto elegante y deliberadamente cuidado. Momentos más tarde está sobre el ring, con la cabeza de otra mujer bloqueada bajo su brazo en una media-nelson implacable. Su oponente chilla simulando estar en las últimas y Silvina echa la cabeza hacia atrás y estalla en carcajadas. Los espectadores, muchos de ellos todavía con la ropa que han llevado a misa, jalean encantados conforme el árbitro comienza la cuenta atrás.

Imagen por Lauren Evans

Silvina es una cholita, un término que anteriormente se utilizaba despectivamente para describir a las mujeres indígenas aimaras y quechuas nacidas en Bolivia y en el Altiplano de Perú. Aunque es fácil ver a estas mujeres por las atestadas calles, con sus polleras y sus chales estampados, aquí en el ring parecen como fuera de contexto, mientras reducen a sus oponentes a un montón de quejumbrosos escombros ante la mirada extasiada de la multitud.

Pero esto es Bolivia y estas son las cholitas luchadoras. Y durante los últimos 15 años aproximadamente, sus luchas han sido el entretenimiento favorito de los habitantes de El Alto, una próspera metrópolis industrial situada sobre una cordillera, por encima de la ya asombrosamente elevada ciudad de La Paz.

Jenny Jara, una mujer boliviana descendiente de aimaras que trabaja junto a las cholitas, me explicó que la idea de las luchadoras femeninas fue introducida en el país a manos del organizador y promotor de lucha libre Juan Mamani, hace unos 15 años. Las luchadoras femeninas no fueron el primer espectáculo que probó y solo acabó considerándolas una opción seria después de ver que ninguna de las otras suscitaba interés entre el público.

"Primero lo intentó con enanos", me dijo, "y con payasos".

Si bien los enanos no consiguieron atraer al número de espectadores que buscaba Mamani, las mujeres vestidas con trajes tradicionales no dieron mucho mejor resultado, al menos al principio.

"No eran populares a causa de la discriminación y debido al hecho de que tampoco eran demasiado buenas", indicó Jara. El pequeño grupo de mujeres —la mayoría de las cuales eran esposas e hijas de luchadores masculinos— entrenaban dos veces a la semana bajo un trío de bombillas desnudas en el gimnasio de Mamani, a pesar de los terribles horarios que ya de por sí dificultaban la conciliación entre vida profesional y familiar.

Imagen por Spencer Platt vía Getty

Mary Llanos Sanz, cuyo nombre artístico es Juanita la Cariñosa, fue una de las primeras cholitas en pisar un cuadrilátero. Con una experiencia previa en el campo del Taekwondo, fue invitada a entrenar bajo el mecenazgo de Mamani hace casi doce años y desde entonces no ha dejado de hacerlo, a pesar de estar criando a dos hijos mediante la venta de dulces caseros.

"No fue fácil para mí, pero aprendí a luchar", afirma Juanita. "Me siento muy feliz cuando la gente aprecia nuestro trabajo, porque al principio no nos aceptaban mucho".

Los espectadores bolivianos se mostraban muy escépticos con la última ocurrencia de Mamani, ya que creían que el lugar de la mujer estaba en su casa y no noqueando a los hombres a codazos para deleite de autocares enteros de turistas. Pero las cholitas siguieron adelante y no fue por la exigua paga, que apenas sí cubría el coste de los combates, sino porque luchar les ofrecía una forma de expresión inédita en otras facetas de su vida: la sociedad negaba a las mujeres indígenas la oportunidad de emprender carreras profesionales o estudios superiores hasta hace bien poco y, en sus hogares, Bolivia tiene la tasa más elevada de violencia contra las mujeres de toda Latinoamérica.

Imagen por Spencer Platt vía Getty

El domingo que asistí, sin embargo, las mujeres estaban completamente al mando. El Carnaval estaba en su máximo apogeo y las gradas estaban repletas de gente que comía palomitas y niños que disparaban sus pistolas de agua, que más tarde lanzarían sin piedad sobre las luchadoras durante las partes más caóticas del tumulto. Los turistas, que pagan en torno a 10,5 € (los locales pagan 1,5 €), estaban repartidos en sillas de jardín alrededor del ring y la sensación de emoción entre los presentes era electrizante.

Los combates comenzaron de forma ordenada, con una cholita de aspecto recatado intercambiando golpes con una mujer de pinta siniestra que llevaba puestas unas medias manchadas y unas botas Ugg desgastadas. Pero el caos empezó a reinar conforme avanzaba la velada y hombres, mujeres e incluso niños comenzaron a escalar al cuadrilátero desatando un alboroto total en forma de ataques aéreos y golpes en el cuerpo tan brutales que juraría que vi cómo vibraba el suelo de cemento. Como sucede con la Triple A en México o la WWE en EE. UU., los combates en Bolivia pueden involucrar a toda una horda de luchadores de ambos sexos en el ring al mismo tiempo que saltan desde las cuerdas, retuercen cuellos y se sacuden entre sí con sillas. Pero solo en Bolivia puede verse a una luchadora tratando de hacer tragar una zapatilla de ballet del número 37 a una villana de 110 kg enfundada en lycra.

"La gente del lugar discriminaba a las cholitas, pero los turistas estaban encantados", explicó Jara. "Resulta gracioso y muy interesante, porque ahora es muy popular". Actualmente las cholitas son la principal atracción del El Alto, atrayendo mayores audiencias y recaudando más dinero que sus homólogos masculinos. La lucha libre es un empleo a tiempo parcial y, aunque una cholita solo gana unos 17,5 € por combate, sigue siendo más o menos el doble de lo que ganan los hombres

La atmósfera anárquica consigue mantener cierto orden gracias a la presencia de un hilo narrativo, aunque sea precario: los combates suelen constar de una técnica, que juega limpio, y una ruda, que hace justo lo contrario, empleando un humor subido de tono y tácticas poco ortodoxas como atacar al árbitro.

Fui testigo con horror de cómo un hombre con un pantalón de imitación de cuero trepaba hasta el ring y, con ayuda de una ruda vestida con minifalda y botas negras, comenzaba a patear a una de las cholitas y la levantaba sobre su cabeza antes de estamparla contra el suelo. La cholita se vengó, no obstante, y consiguió recuperarse a tiempo para arrojar al hombre contra uno de los postes y encaramarse después triunfante sobre su cuerpo inerte.

Sanz, la luchadora veterana, afirmó que a lo largo de la historia ser una mujer indígena siempre ha sido un obstáculo a superar, pero la lucha libre le hace sentir que puede hacer cualquier cosa.

"Me encanta notar la adrenalina cuando lucho, la emoción de sentir el amor del público o sus abucheos cuando interpreto a la ruda", afirmó. Su película favorita es "La Tapatia", en la que una luchadora que permanece boca arriba eleva a su oponente por encima de su cabeza usando las piernas.

Aunque resulta perturbador ver cómo las mujeres son estranguladas por sus adversarios masculinos, la lucha de cholitas se apoya en una fuerte sensación de empoderamiento y resistencia frente a la violencia doméstica. Muchas de estas mujeres la han experimentado en sus hogares y las batallas que libran en el ring, según me explicó Jara, son un símbolo de las batallas que libran todos los días.

"Para los turistas solo es un espectáculo", afirmó. "Las cholitas representan papeles y deben fingir que son buenas o malas, pero al final siempre gana la cholita buena. Es una representación de sus vidas".

La población indígena de Bolivia ha experimentado cierto alivio desde la elección en 2006 de Evo Morales, el primer presidente indígena del país. La segregación generalizada ha bajado de tono y se han ampliado algunos derechos antes inaccesibles: por ejemplo, las mujeres aimaras y quechuas pueden ahora inscribirse en las universidades y cada vez son más visibles en puestos de trabajo no manual, pero no han empezado a volver a abrazar su herencia con orgullo hasta hace poco.

Jara, que es quechua, creció hablando solo español a instancias de su madre, que insistía en que aprender el idioma de sus antepasados "no era de ninguna ayuda". Las mujeres que crecieron hace 30 años no se sentían orgullosas de ser indígenas, según me dijo, y dejaron de lado los chales y las joyas resplandecientes para pasar a vestir vaqueros y tacones altos, en un esfuerzo por encajar en la sociedad.

Ahora, según Jara, las cosas han cambiado con "una nueva generación de cholitas que se enorgullecen de serlo". Además de trabajar como periodistas o abogadas, las mujeres están empezando a participar en otros deportes aparte de la lucha libre, como el fútbol, el golf y la escalada. Junto con otra voluntaria está trabajando para enseñar inglés a las cholitas, porque la educación, según sus palabras, será su billete para alcanzar finalmente la igualdad. La lucha libre ha abierto una puerta, pero sigue habiendo muchos corredores más allá, esperando ser descubiertos. Jara cree que el futuro pinta bien.

"Realmente creo que algún día tendremos una presidenta cholita", afirmó. "Es un sueño para nosotras".