Photo courtesy of Elephant Nature Park

La encantadora de elefantes es mejor que César Millán

Conocemos a la fundadora de Elephant Nature Park, un refugio para elefantes que han sufrido por culpa de humanos.

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may. 20 2016, 7:50am

Photo courtesy of Elephant Nature Park

Conforme la fundadora de Elephant Nature Park camina hacia el interior de su centro, 20 desaliñados perros rescatados empiezan inmediatamente a aullar. Ella sacude la cabeza. Tras 20 años cuidando de animales en su santuario, Sangduen "Lek" Chailert está acostumbrada a que criaturas de todas las formas y tamaños compitan para reclamar su atención. Pero que un montón de perros empiecen a saltar los unos sobre los otros no es nada cuando 70 elefantes acuden atronadoramente en tropel con solo oír el sonido de tu voz.

Foto cortesía de Elephant Nature Park

"Normalmente voy al campo, llamo a los elefantes y todos vienen a abrazarme", afirma, llevando una camiseta en la que puede leerse "El Diablo Viste de Marfil". Henrik Enevoldsen, voluntario desde hace tiempo en Elephant Nature Park, describe maravillado el afecto que Lek despierta en ellos. "Cuando habla con los elefantes no la dejan marchar, quieren estar en su compañía todo el tiempo", explica. "Muchas veces, cuando venimos, no podemos salir al campo con Lek porque todos los elefantes acuden a su encuentro".

Foto cortesía de Elephant Nature Park

Durante los últimos veinte años, esta mujer de talla diminuta ha dado voz a las especies asiáticas de mayor tamaño. Como fundadora de Elephant Nature Park —un santuario fundado en 1996 sobre una extensión de 250 acres de parques en el Norte de Tailandia— ha luchado por informar tanto a la población local como a la floreciente industria turística de Tailandia sobre el sufrimiento del elefante asiático. La misión de su santuario es muy sencilla: ofrecer refugio a angustiados elefantes que han sufrido a manos de los humanos. Eso significa que está prohibido el uso de ganchos para domar elefantes (una herramienta de acero que tradicionalmente se ha empleado para dominarlos), cadenas y sillas de montar, y que disponen de un amplio espacio donde pueden deambular a su antojo. Sus elefantes, la mayoría de los cuales se encuentran ya en el ocaso de su vida, reciben por fin la dignidad que merecen.

Fotos por Pip Usher

Como sucede con las muchedumbres que visitan Elephant Nature Park aferrados a sus iPhones, Lek siempre se ha sentido fascinada por estos "bellos gigantes". Criada en una tribu de las montañas en el Norte de Tailandia, la primera vez que fue testigo de su sufrimiento fue siendo adolescente, cuando acompañó a un grupo de misioneros en una visita a la jungla para observar a los elefantes que trabajaban en la industria maderera.

"Vi como obligaban violentamente a trabajar a un elefante macho que tenía una herida", recuerda Lek. "Él empezó a chillar. Pregunté al propietario cuándo tendría tiempo para descansar aquel elefante, y su respuesta fue que no tenían descanso. Cuando mueran, entonces dejarán de trabajar".

Se pasa la mano por la cara, todavía atormentada por el recuerdo. Su voz suena angustiada. "Vi que aquel elefante estaba enfadado y muy molesto cuando le golpeaban para que se pusiera a trabajar", afirma. "Estaba gritando. Era increíble. Aquello se me grabó en la mente, soy incapaz de olvidarlo".

Fotos cortesía de Elephant Nature Park

En un país donde más de la mitad de la población de elefantes se mantiene en cautividad, aquel no era un desafortunado caso aislado. Los campamentos madereros —que el gobierno tailandés ilegalizó en 1989—, aunque algunos de ellos siguen funcionando ilegalmente en la actualidad— obligan a los elefantes a empujar los árboles talados hasta el exterior de la densa vegetación de la selva. Estos elefantes, que son objeto de brutales palizas y que a menudo se les mata de hambre o acaban mutilados a causa de las minas terrestres que hay a lo largo de la frontera entre Tailandia y Birmania, sufren una tortura diaria tanto física como psicológica. Pero el cierre de los campamentos madereros no acabó con su sufrimiento, sino que dio paso a una nueva forma de desgracia. Sus propietarios —ahogados por el coste de proporcionar entre 180 y 250 kg de alimento diario a sus animales de carga— se vieron obligados a buscar trabajos alternativos para ellos. Los elefantes no tardaron en empezar a realizar elaborados trucos, a ofrecer paseos a los turistas sobre su lomo o a ser conducidos por todo Bangkok, pidiendo limosna.

La mayoría de turistas, cuyo único conocimiento de los elefantes son Dumbo y las atracciones de circo, ignoran el daño que provocan con su dinero. Es difícil no sentirse encantado con la visión de un elefante que pinta una acuarela con su trompa, pero estos trucos son el resultado de años y años de tortura. Todos los elefantes domesticados son víctimas de un salvaje ritual denominado phajaan, o "quebrantamiento", que ha existido en Asia durante siglos.

Separados de sus padres siendo todavía bebés —un proceso que a menudo implica matar a 4 o 5 miembros de la manada—, los elefantes son atados y confinados en el interior de cajas de madera. Durante la semana siguiente les apuñalan repetidamente con ganchos, les golpean con barras de metal, les matan de hambre, les privan de sueño, les queman y les atan con correas que mantienen sus miembros separados. Finalmente, cuando ya están al borde de la muerte, su espíritu se quebranta. Es entonces cuando el mahout (la persona que trabaja con los elefantes) les trae su primera comida y así comienza una relación entre hombre y animal basada en el abuso físico y la dominación mental. De vez en cuando los elefantes sufren una crisis, como demostró el reciente caso del turista británico pisoteado hasta la muerte por un elefante.

Fotos por Pip Usher

Para cuando los elefantes llegan a Elephant Nature Park, la mayoría están destrozados. "El ochenta y cinco por ciento llegan con problemas mentales", afirma Lek. "Algunos de ellos tienen la mirada perdida como zombis, están traumatizados por el trabajo que han tenido que desempeñar. Lisiados, heridos, ciegos, cojos... Pero lo peor es la angustia mental. Muchos de ellos permanecen quietos, muchos dan vueltas sobre sí mismos, muchos chillan y salen corriendo cuando ven otros elefantes... Tienen la mente completamente ida".

Kabu, una enorme elefanta que pacientemente complace a una horda de turistas ansiosos por darle sandías, es uno de esos casos. Rescatada de la industria maderera de Tailandia, una de sus patas traseras está totalmente inutilizada. Y lo que es peor, en los ocho meses que lleva en el santuario, no ha conseguido hacer ningún amigo. Puede que nunca llegue a integrarse en la manada.

"Su vida ha sido un sufrimiento constante", explica Lek. "Son muy grandes, pero para estar bajo el dominio humano deben sufrir. Los usamos como esclavos".

Con Elephant Nature Park, Lek —que es una auténtica emprendedora de corazón y ha sido propietaria de toda clase de negocios, desde una lavandería hasta una agencia de viajes— se ha convertido en pionera de un nuevo modelo empresarial. Al ocuparse de la enorme fascinación que sienten los turistas por los elefantes, este parque permite alimentar y bañar a los habitantes del santuario dentro de un entorno seguro y ético. Todo proviene de los paquetes vacacionales, que incluyen viajes de un día de duración, estancias de una noche y voluntariados de una semana, y que se invierten en cubrir los gastos que supone gestionar el santuario. "Si quiero plantar un arrozal, no me espero a la lluvia. Lo mismo sucede cuando quiero cuidar de los elefantes", afirma Lek. "No puedo esperar a que lleguen las donaciones, debo conseguir dinero para el negocio".

Mirando a través de los campos posa su vista sobre una elefanta de 77 años de edad con la espalda arqueada. Esta matriarca, rescatada hace dos años, pasará sus últimos días caminando por las tierras del santuario, sin cadenas y sin miedo a la violencia. "Ahora es tan bella...", dice Lek. "Me siento orgullosa de ella".