Foto de Central Press / Stringer vía Getty Images

Eartha Kitt: el icono contracultural a quien la CIA intentó hundir

La cantante de "Santa Baby" era mucho más que una intérprete cautivadora, también era una agitadora política internacional cuya carrera casi fue arruinada cuando condenó la Guerra de Vietnam.

por Fran Tirado; traducido por Eva Cañada
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ene. 9 2018, 8:31am

Foto de Central Press / Stringer vía Getty Images

Siempre que suena “Santa Baby” en una fiesta navideña es de vital importancia que alguien aproveche la oportunidad de ilustrar a todos los presentes en la sala acerca del subestimado historial criminal de su creadora, Eartha Kitt.

Yo siempre soy esa persona. En un impulso que va más allá de mi control, siempre empiezo a narrar su biografía: el hecho de que fuera una actriz, cantante y defensora de los derechos civiles de renombre internacional, además de agitadora política. Algunos la conocen por su icónica representación de Catwoman, o quizá por haber puesto más recientemente voz a Yzma en El emperador y sus locuras. Para Orson Welles era "la mujer más excitante del mundo". Para la CIA era una amenaza para la seguridad nacional. Para mí es el símbolo del triunfo y la resiliencia, un icono cultural que representa el feminismo, la actitud positiva hacia el sexo y la lucha por los derechos civiles. “Santa Baby” está muy bien, pero Eartha Kitt era mucho más que eso.

Kitt, que nació en una plantación de algodón de Carolina del Sur, nunca supo realmente quién era su padre, aunque más tarde afirmó que era el hijo del dueño de una plantación y que ella había sido producto de una violación. La madre de Kitt, que era negra y Cherokee, la entregó en adopción cuando tenía cinco años y la familia adoptiva de Kitt la crió en condiciones abusivas, obligándola a recoger algodón para "ganar dinero y ahorrar". Sus hermanos adoptivos le pegaban y abusaban de ella, según sus propias palabras, porque era birracial: "Ni suficientemente negra como para pertenecer a los negros, ni suficientemente blanca para pertenecer a los blancos", como ella misma describió.

Cuando Kitt tenía alrededor de ocho años, su tía biológica la acogió y ambas vivieron en un diminuto apartamento en Harlem (según Kitt, aquello fue más por cumplir con un "deber cristiano" que por auténtico afecto familiar). Trabajó durante toda su adolescencia en una fábrica de máquinas de coser y constantemente se escapaba de casa y dormía en vagones de metro. Cuando tenía 21 años, consiguió una audición en la pionera compañía afroamericana de danza de Katherine Dunham y la admitieron, lo que dio inicio a su carrera en el mundo del espectáculo.

A lo largo de los siguientes años, bailó con la compañía por todos los escenarios de Nueva York, después por los de Londres y luego por los de París, hasta que conoció a un tal Orson Welles, que se mostró tan embelesado por su actuación que la cortejó y después la contrató para hacer de Helena de Troya en Dr. Faustus. En su autobiografía Confessions of a Sex Kitten, Kitt afirma que tuvieron una aventura amorosa, pero nunca sexual: "Los hombres más excitantes de mi vida", escribió, "han sido los hombres que nunca me han llevado a la cama".

Kitt en 1962. Foto vía Wikimedia Commons

Al cabo de tres años, Kitt había producido su primer álbum, que contaba con "Santa Baby" entre sus temas, haciendo de su cruda energía sexual y del característico ronroneo que dejaba ir con su vibrato su sello de identidad. Rápidamente pasó a ser, en palabras del New York Times, “conocida por su sensual voz, su personaje de cazafortunas que convierte a los hombres en indefensos niños pequeños y su poder sexual”. Y Kitt parecía adorar ese personaje. Parecía encantada de parecer mala, de ser el objeto de afecto, de utilizar a los hombres y de hablar más tarde sobre ello ante un micrófono. Por eso "Santa Baby" le pega tanto: es una canción en la que pide coquetamente a un mito de la infancia que le traiga anillos de diamantes, yates y derechos a la explotación de minas de platino. El Santa de la canción, según podría intuirse, quizá no es realmente Santa.

Pero allá por los 50 y los 60, la actitud positiva hacia el sexo ni siquiera se mencionaba (especialmente en el caso de las mujeres negras). Eartha Kitt se convirtió en un símbolo sexual en una Norteamérica de posguerra, donde la creciente popularidad de Marilyn Monroe se contemplaba ampliamente como una amenaza "inmoral" y "vulgar" contra la pureza de Norteamérica y donde Hugh Hefner estaba demandando a la oficina postal norteamericana porque no querían distribuir su revista Playboy. El hecho de llevar la revolución sexual hasta el mainstream fue un proceso lento y el auge de Eartha llegó en un momento en que los afroamericanos todavía estaban luchando por sus derechos humanos básicos, un momento en que todavía era ilegal que un afroamericano mantuviera relaciones sexuales con una persona blanca en 28 de los 50 estados de Norteamérica.

En 1966, durante la cúspide de la carrera de Kitt, diversas encuestas descubrieron que la mayoría de norteamericanos creía que los afroamericanos se estaban moviendo "demasiado deprisa" en su lucha por la igualdad racial. Su llegada, en otras palabras, desafió con furia las expectativas de raza de su época y también las de género.

En 1967, Kitt interpretó el papel de Catwoman en la serie de TV Batman, enfundada en un sexy traje de cuero y sacando partido a su icónico ronroneo. Aquel fue un momento muy importante para la representación femenina. En aquella época, la revista JET incluyó un artículo en la contraportada titulado sencillamente “TV-Radio" que publicaba un repaso semanal de todas las personas negras que aparecían en la radio o la TV en horario de máxima audiencia. Normalmente era una lista muy corta, que incluía menos de una docena de personas a la semana, de las cuales una o dos eran normalmente mujeres (si es que había alguna). Y el hecho de que Kitt interpretara aquel adorado papel fue importante más allá de la simple representación. Tal y como indica Deborah Elizabeth Whaley ―profesora de estudios norteamericanos en la Universidad de Iowa― en un ensayo publicado en 2010, “la interpretación de Kitt se salía de los papeles disponibles para las mujeres negras en televisión, porque no encajaba en el proverbial estereotipo de "mammy", ni en el de Jezebel, ni en el de la trágica mulata, ni en el de la mujer negra que trata de usurpar el puesto de los hombres, que tanto abundaban en la televisión y el cine por aquella época”.

Con su papel en Batman, la carrera de Kitt había alcanzado un nuevo punto álgido. Sin embargo, un año más tarde todo se vendría abajo: en enero de 1968 asistió a un almuerzo en la Casa Blanca con motivo de tratar el tema de la delincuencia juvenil en Norteamérica. Había sido invitada personalmente por la Primera Dama por un trabajo que estaba realizando para las organizaciones juveniles dentro de la ciudad y fue una de las siete mujeres negras que asistieron, entre los 41 invitados. Pero mientras que Lady Bird Johnson y las demás oradoras pontificaron ampliamente acerca de diversos proyectos para embellecer las autopistas y plantar árboles en las zonas menos favorecidas, Kitt optó por una estrategia notablemente distinta: cuando fue su turno para hablar, denunció con vehemencia la Guerra de Vietnam.

Kitt como Catwoman en 1967. Foto vía Wikimedia Commons

En su autobiografía Confessions of a Sex Kitten, Kitt describe cómo cada vez se sintió más frustrada conforme continuó el almuerzo. Observó una mujer blanca tras otra ofrecer discursos anodinos acerca del "embellecimiento de Norteamérica, macetas con flores sobre los alféizares de las ventanas de la pobreza". Kitt levantó la mano varias veces pero nunca se le dio la palabra hasta el final y, para entonces, ya estaba lívida. Su continuado activismo trabajando con jóvenes en riesgo estaba inspirado en su propia experiencia, en la forma en que nunca se sintió apoyada por su familia o por el gobierno. Sus comentarios aquel día se iniciaron con el siguiente contexto: "Yo he vivido en las cloacas", afirmó, "así que sé de qué hablo".

“Enviáis a los mejores de este país a que les disparen y les dejen lisiados", continuó, según afirmaba un artículo del New York Times de la época. “Ellos se rebelan en las calles... No quieren ir al colegio porque les van a separar de sus madres y les van a disparar en Vietnam". Tras el prolongado y apasionado discurso de Kitt, según el Times, Lady Bird Johnson empezó a chillar, "con la voz temblorosa y los ojos inundados de lágrimas".

De acuerdo con la autobiografía de Kitt, tras el almuerzo la Casa Blanca no reservó un coche para ella, aunque había llegado hasta allí en uno. Tuvo que coger un taxi hasta su hotel. En la radio, durante el trayecto, descubrió que los reporteros ya estaban diseccionando lo que había sucedido. La narrativa dominante, según recordaba ella, era simplemente “Eartha Kitt hizo llorar a la Sra. Johnson” (según la investigadora de identidades sociales Sarah J. Jackson, al menos un tercio de las noticias sobre este incidente representaron a Kitt como la antagonista, como una "atacante" de la Primera Dama, e incluso un medio la describió como "mujer estridente").

La repercusión fue impresionante. Al cabo de unos días, según un informe de 1975 elaborado por el New York Times, la CIA había recopilado un dosier de cotilleos de terceras personas sobre Kitt a petición del mismísimo Presidente Johnson, basándose en datos que la organización llevaba recolectando desde 1956. El informe de la CIA afirmaba que las escapadas de Kitt al otro lado del océano y su moral "ligera" eran la comidilla de París. También la acusaba de tener "una disposición desagradable" y una "lengua muy sucia" y de comportarse como una "niña mimada". Lo peor de todo es que en el informe se referían a ella como una "ninfómana sádica", epíteto que más tarde se le otorgaría en la mayoría de artículos escritos sobre ella durante el resto de su vida ("¿Y eso qué tenía que ver con la CIA, en caso de que fuera cierto?", bromeó despectivamente en una entrevista años más tarde).

El trabajo de Kitt "fue muy escaso o completamente inexistente" tras el almuerzo en la Casa Blanca, pero ella no tuvo ni idea de por qué hasta que supo del dosier de la CIA por boca de un periodista del New York Times seis años después. En una entrevista concedida en 1995, afirmó que el dosier contenía instrucciones específicas para difamarla en Estados Unidos, "a fin de que no se me volviera a ver y, por lo tanto, no se me diera trabajo". Y parece que funcionó: los clubes nocturnos y otros locales no le pidieron que regresara para las mismas actuaciones ―según ella― y la WME "perdió su contrato". Como resultado, se vio obligada a actuar sobre todo en Europa, en bares de todo el continente. En una etapa posterior de su vida, Kitt protagonizó un gran regreso, volviendo a Broadway, actuando en películas y recibiendo nominaciones para los Tony y para los Grammy. Incluso se la volvió a invitar a la Casa Blanca, cuando el Presidente era Jimmy Carter. Pero su carrera nunca fue la misma tras aquel almuerzo en 1968.

El rechazo de Kitt a poner en riesgo sus creencias puede que le hiciera perder oportunidades de trabajo, pero también es lo que la ha convertido en una figura tan icónica: siempre fue ella misma. Durante toda su vida, jamás dio un paso atrás y, en cada entrevista que he visto o leído, se mantuvo fiel a sus declaraciones en la Casa Blanca a pesar de haber sido obligada a salir del candelero durante varios años. Continuó apoyando a los jóvenes poco privilegiados de DC y LA y fue miembro de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad. También se apoyó en su personalidad sexual hasta una edad bien avanzada (por favor, disfrutad de esta entrevista en la que una Kitt de 62 años estira la pierna sobre el regazo del entrevistador, frente a un público en directo, mientras ronronea, "¿Hasta qué punto crees que soy malvada?"). Su audacia no tenía límites y su percepción de sí misma es algo que perdurará en el tiempo.

Hay una entrevista, extraída del documental All By Myself, que representa todo lo que adoro de Eartha Kitt: cuando le preguntan si alguna vez se había puesto en riesgo por un hombre, ella sonríe, echa la cabeza atrás y empieza a reír a carcajadas. “¿Ponerme en riesgo por qué razón? ¿Ponerme en riesgo por qué? ¿Ponerme en riesgo? ¿Qué es ponerse en riesgo?", dice, completamente indignada. "Es estúpido. ¿Un hombre llega a mi vida y tengo que ponerla en riesgo? Creo que tendrías que pensar dos veces antes de hacer esa pregunta... ¡Una relación es una relación que ambos deben ganarse!”.

Kitt nunca se puso en riesgo a sí misma en ninguna otra parte de su vida, así que, ¿por qué lo habría de hacer con respecto a su vida amorosa? "Cuando te enamoras, ¿qué hay que poner en riesgo?", continúa. "Yo estoy enamorada de mí misma y quiero que alguien lo comparta conmigo. Quiero alguien que me comparta conmigo".