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La película de terror de los años 40 que celebraba el lesbianismo y el satanismo

La homosexualidad todavía era tabú en 1943, pero aquello no impidió que 'La séptima víctima' tratara osadamente el deseo femenino en la pantalla.

Thomas Hobbs

Thomas Hobbs

Jacqueline (Jean Brooks) in "The Seventh Victim." Still via RKO Radio Pictures

Resulta obvio que, en 1943, Hollywood veía a las mujeres como poco más que meros objetos de deseo. En una de las películas más icónicas de aquel año, La sombra de una duda de Alfred Hitchcock, una adolescente se desvive extrañamente por su tío, que ha venido de visita, puesto que su principal finalidad en la vida es complacer a los hombres de la familia. Sin embargo, la poco conocida película de cine negro de terror La séptima víctima (dirigida por Mark Robson pero con el productor Val Lewton al timón), que se estrenó el mismo año que el clásico de Hitchcock, presenta un retrato radicalmente diferente de las mujeres. Sus personajes femeninos controlan sus propios destinos, comparten relaciones sexuales íntimas entre sí y no temen en plantarle cara a los hombres.

La película se centra en Mary (interpretada por la impresionante Kim Hunter), una joven que se entera de que su hermana mayor y única tutora Jacqueline (Jean Brooks) ha desaparecido en Nueva York. Cuando le anuncian en el internado donde vive que su hermana ha dejado de pagar sus clases, Mary se ve obligada a ir a la ciudad en busca de respuestas. Cuando parte, una de las profesoras le advierte, "No vuelvas aquí, pase lo que pase. Una mujer debe tener mucho coraje para vivir en este mundo". Esa es la primera de varias declaraciones abiertamente feministas de la película, que sirven para amplificar la fortaleza de la femineidad.

Cuando un hombre que afirma conocer el paradero de Jacqueline ordena a Mary que se beba un vaso de leche en una cafetería, ella le responde: "No me gusta que me den órdenes. ¡No te atrevas a tratarme como a una niña!". Y él responde educadamente: "Prometo que jamás volveré a ordenarte nada". Aunque esta conversación podría no parecer excesivamente radical en 2017, resulta excepcionalmente atrevida para la sexista década de 1940.

Mary descubre más tarde que Jacqueline ha vendido su negocio de cosméticos a una amiga, Esther Redi (Mary Newton), pero los motivos parecen como poco sospechosos. Y tras interrogar a la peluquera de Jacqueline Frances Fallon (Isabel Jewell) sobre el paradero de Jacqueline, Mary se dirige al apartamento de su hermana ―situado encima de un restaurante italiano con el profético nombre de Dante's― y descubre una sala de estar con una soga y una silla. Sucede que Jacqueline ha caído en las redes de un culto satánico y se encuentra huida.

Según el historiador de cine y autor de TASCHEN Paul Duncan, la película es deliberadamente ambigua. "La séptima víctima es muy poco intuitiva en su narración y contenido. Trata sobre la ausencia de cosas, en lugar de sobre su presencia", explica a Broadly. "El filme gira en torno a lo que no se ve y lo que no se dice". Pero, ¿por qué querría Jacqueline quitarse la vida?

Cartel de la película "La séptima víctima". Foto vía Wikimedia Commons

Hay una abrumadora presencia de señales. Jacqueline acaba de casarse con un abogado llamado Gregory Ward (Hugh Beaumont), pero no muestra signo alguno de querer adoptar su apellido o tener una relación romántica con él. Ward revela a Mary: "Tu hermana tiene algo que ningún hombre sería capaz de poseer". Jacqueline también se siente "miserable" con respecto a su vida, por lo que necesita visitar regularmente a su psiquiatra, el Dr. Louis Judd (sarcásticamente interpretado por Tom Conway, que retoma el mismo personaje que ya interpretara en la igualmente extraña obra maestra dirigida por Lewton en 1942 La mujer pantera, una película que también aborda la sexualidad reprimida). Resulta que Jacqueline ha caído en las garras de ese culto secreto y ahora sus miembros la quieren ver muerta, porque temen que haya hablado sobre ellos con su psiquiatra.

En una de las primeras reuniones del culto, se menciona de pasada que la peluquera Frances ―que también pertenece a la secta satánica― está "enamorada de" y le gusta "la intimidad con" Jacqueline. Más tarde, los satánicos capturan a Jacqueline y tratan de obligarla a beber veneno, pero ella se niega y solo acepta gracias a la insistencia de Frances, con quien intercambia varias miradas de ternura. La película nunca confirma explícitamente la relación sexual entre ambas, pero la profundidad de los sentimientos que se profesan la una a la otra queda clara. Cuando Frances cambia de idea y salva la vida de Jacqueline estrellando el vaso de veneno, grita: "No puedo dejarte morir. La única vez que he sido feliz en mi vida fue contigo".

"No resulta difícil ver que la historia real, que no podía contarse explícitamente en aquella época, es que Jacqueline ―que está enamorada de Frances aunque trate de negárselo a sí misma― se casa con Gregory Ward, pero es incapaz de vivir con su decisión", explica Duncan. "El satanismo no es más que una maniobra de distracción, una pista falsa que nos desvía del drama real: que el lesbianismo no es socialmente aceptable".

La séptima víctima muestra también una extraña obsesión con la mortalidad. Jacqueline es vecina de una mujer que sufre una enfermedad terminal llamada Mimi y, en una de las escenas finales de la película, ambas mujeres mantienen una inquietante conversación. "Me estoy muriendo, pero esta noche voy a salir, a reírme y a bailar", dice Mimi, entre ataques de tos. Jacqueline responde: "¿Por qué esperar a la muerte? Yo siempre he querido morir".

La escena de la ducha de "La séptima víctima". Foto vía Wikimedia Commons

Cuando Mimi pasa por delante del apartamento de Jacqueline en la siguiente escena, el sonido de alguien apartando una silla de una patada resuena por todo el vestíbulo. Entonces una voz en off cierra la película con el soneto de John Donne: "Quiero huir de la muerte, mas me encuentra, y todos mis placeres son pasado". Jacqueline, incapaz de escapar de la secta pero a la deriva dentro de la sociedad, asume el control de su destino ahorcándose. Sin embargo, a pesar de un final tan oscuro, su suicidio da la sensación de ser extrañamente emotivo. De hecho, el productor Val Lewton dijo que quería que el mensaje principal fuera que "la muerte puede ser buena".

Por desgracia, La séptima víctima fue ampliamente criticada cuando se estrenó. En una reseña especialmente cruel publicada en el New York Times, el crítico cinematográfico Bosley escribió, "Tendría más sentido si la proyectaran al revés". Pero el tiempo ha hecho que muchos reconsideren el legado de este filme tan desconocido. "La séptima víctima es una pequeña obra maestra brutal sobre la autodestrucción, en la que la sociedad es más condenatoria que los satanistas", afirma Duncan.

No fue hasta la década de 1960, con películas como La zorra (1967), cuando se mostró por primera vez sexo lésbico de forma explícita en pantalla. Aun así, el filme marcó a toda una generación de cineastas de terror: la iluminación en la amenazadora escena de la ducha protagonizada por Mary presenta sorprendentes similitudes con el icónico asesinato de Janet Leigh en la película de Alfred Hitchcock Psicosis (1960) y su argumento (un culto satánico que opera secretamente en Manhattan) comparte temas narrativos con la obra maestra de Roman Polanski La semilla del diablo (1968). Pero transcurridos 74 años, ya va siendo hora de que La séptima víctima sea descubierta por un público más amplio que quizá esté en mejor situación que el público de los años 40 para apreciar su advertencia sobre las mortales consecuencias de la represión sexual.