La primera vez que me pagaron a cambio de sexo

"Muchas trabajadoras sexuales hablan de esa sensación de cruzar una frontera la primera vez que te pagan a cambio de sexo. Es una transición: una vez que lo has hecho, ya no puedes volver atrás. Estás marcada por la sociedad de por vida".

|
ene. 11 2018, 10:58am

Llevo trabajando en la industria del sexo intermitentemente toda mi vida. Empecé como trabajadora sexual cuando era adolescente y lo fui durante seis años, después dejé de hacerlo durante 12 años. En aquella época no pensaba que fuera a regresar a ese mundo. Ahora tengo otro trabajo como freelance, pero la mayoría de mis ingresos proceden del trabajo sexual.
Crecí en una pequeña localidad rural de Inglaterra. Más o menos a partir de los 13 años mi vida se descarriló. Me gustaba mucho salir de fiesta y tomar drogas, y me veía a mí misma como una juerguista. A veces incluso consumía droga en el instituto. No he conseguido librarme completamente de todo lo que sucedía entonces, pero creo que si hubiera habido más concienciación general sobre la salud mental cuando era adolescente, mi vida habría sido muy diferente.

Me mudé a Ámsterdam con 17 años con unos amigos. Éramos muy jóvenes y, en determinados aspectos, aquello fue muy divertido. El mundo entero era una fiesta y podíamos ponernos ciegos todo el tiempo. Me parece que no compré mi propia droga hasta que cumplí los 25 años o así. Hasta entonces, la gente siempre me invitaba.

Conseguí un trabajo como au pair y empecé a vivir con esa familia, que no sabía nada de lo que yo hacía. Salía toda la noche y me colaba a escondidas en casa a las 8 de la mañana, me sentaba en la cama, me estiraba unos minutos, bajaba a la cocina fingiendo que me acababa de despertar y preparaba el desayuno a los niños. En fin, después de unos meses trabajando ahí ―creo que por entonces ya había cumplido los 18― me encontraba un día esperando el tranvía.

Lo recuerdo con total claridad, aunque aquello pasó hace más de dos décadas. Incluso recuerdo lo que llevaba puesto: una camiseta a rayas, pantalones holgados y zapatillas Adidas, con mi cabello largo y castaño peinado con raya en medio.

Vi a una pareja pasar frente a mí en un coche elegante, un hombre y una mujer, que se me quedaron mirando. Inmediatamente supe lo que iba a pasar. El hombre salió del coche, se acercó a mí y me dijo, "Te estábamos mirando y nos mola mucho tu aspecto, podrías encajar en cualquier ciudad del mundo". Me preguntó cuánto cobraba y le dije que estaba cobrando unos 45 euros a la semana, lo cual no es una gran cantidad de dinero. Él me dijo: "Si quieres ganar más dinero, aquí tienes mi tarjeta". Y sacó 50 euros de su cartera y me los dio.

Más tarde aquel mismo día, fui a una cabina y llamé a ese número. Me reuní con una mujer que estaba trabajando para la agencia de escorts en un hotel y recuerdo que pensé que era la persona más glamurosa que había conocido en mi vida. Llevaba unas uñas maravillosas y era realmente preciosa. Me dijo que también había sido escort hasta que se enamoró de su chulo y ahora ayudaba a gestionar la agencia.

Me dijo qué tenía que hacer cuando contrataran mis servicios: entras en la habitación, te pones algo de lencería bonita y después sugieres tomar un baño con el cliente. Salí, robé algo de lencería y aparecí en mi primera cita, que fue con un joven inglés en un hotel barato detrás de la estación central. Iba a ganar unos 50 euros a la hora, que en aquella época era una cantidad enorme de dinero.

Entré en la habitación y me sentí realmente incómoda. Recordé lo que había dicho la mujer de la agencia de escorts y sugerí que nos bañáramos juntos. De modo que entramos en el baño, ¡y era diminuto! Ambos nos metimos en aquella estrecha bañera y nos quedamos ahí sentados, con las rodillas dobladas tocándonos el pecho. Vi que él en cierto modo se estaba divirtiendo, porque era bastante obvio que yo no era una prostituta profesional. La situación no era nada sexy, era simplemente ridícula. Después de un rato salimos y en realidad no recuerdo haber tenido sexo con él, pero sé que sucedió.

Por aquella época, tenías un conductor que te esperaba en la puerta del hotel y te llevaba a tu siguiente trabajo. Así que salí de ese hotel y me llevaron en coche a otro, después a otro, después a otro... Y estuvimos así hasta que amaneció. No sabía que se te permitía decir cuándo querías parar, así que finalmente dije al chófer, "Por favor, ¿podemos ir a casa?". Y él me respondió, "Pues claro" y me llevó hasta casa. Y sinceramente, llegado ese punto estaba bastante destrozada, pero había ganado lo que para mí era una fortuna.

Existen dos percepciones del trabajo sexual en los medios: la prostituta feliz, que está súper empoderada, gana montones de dinero y adora el sexo, y la víctima abusada. La mayoría de la gente, yo incluida, no encajamos en ninguno de esos dos modelos.

Muchas trabajadoras sexuales hablan de esa sensación de cruzar una frontera la primera vez que te pagan a cambio de sexo. Es una transición: una vez que lo has hecho, ya no puedes volver atrás. Estás marcada por la sociedad de por vida. Aunque yo veo el trabajo sexual como un trabajo y no como una identidad, la sociedad no lo ve así. No es algo que puedas fácilmente hacer y después dejar atrás.

Echando la vista atrás, me siento bastante triste por todos aquellos años. Cuando empecé a trabajar como escort solo había tenido sexo tres veces, era básicamente virgen. Es una pena que tantas de mis primeras veces en el ámbito sexual fueran con clientes. Por ejemplo, tuve mi primer orgasmo con un cliente. Siento que es un poco triste. No me siento marcada por ello, pero siento que no es lo que me habría gustado que sucediera si pudiera haber diseñado la vida perfecta.

Ahora formo parte de la escena de activismo de las trabajadoras sexuales, pero en aquella época no contaba con ningún apoyo. Era como un secreto enorme y no empecé a hablar de ello con la gente hasta hace bastante poco. Todavía no se lo he contado a mi familia y ninguna de mis amigas hizo lo mismo que yo, así que fue una cosa incómoda con la que tuve que cargar durante mucho tiempo.

Seguí trabajando en Ámsterdam hasta que conocí a un tío con el que inicié una relación horrible y abusiva. Fumábamos mucho crack y pasábamos de contrabando maletas de maría y pastillas desde Sudáfrica. Dejé el trabajo sexual por él ―a él le indignaba― aunque el trabajo sexual no era ni mucho menos la cosa más peligrosa que estaba haciendo en ese momento.

Por aquel entonces era una escort terrible, recibía muchas quejas, pero a mí no me importaba una mierda. Literalmente no sabía hacer mamadas y no me sentía cómoda con mi cuerpo. En la actualidad, con todos esos foros y reseñas online, no habría durado ni cinco minutos. Hubo un cliente ―yo tenía la regla y no conocía las esponjas― con el que básicamente empapé las sábanas de sangre. El tío me dijo algo así como, "No llevas mucho tiempo haciendo esto, ¿verdad?". Yo solo pensé, " Dios mío, soy una basura" .

Tras dejar Ámsterdam, trabajé por todo el mundo durante seis años: Sidney, Nueva Orleans, Fort Lauderdale, Londres. Los trabajos normales me resultan muy duros debido a mi salud mental, así que la parte buena del trabajo sexual era que no tenías que trabajar mucho. Aunque era agotador tener que hacerlo, después no tenías que trabajar en dos semanas, así que me limitaba a ponerme ciega todo el tiempo.

No veía el trabajo sexual como algo negativo, pero afectaba mucho a mi vida. Mentir a tu familia es una cosa, pero mentir a tu pareja es diferente. Te hace sentir que tienes un secreto vergonzoso que no puedes compartir con nadie. Incluso ahora, cuando obtengo mucha satisfacción con el trabajo sexual y me siento realmente orgullosa de lo bien que me va, sigo sin ser capaz de contárselo a mi familia y eso para mí es frustrante.

Los hombres cis heterosexuales en particular tienden a tener un auténtico problema con el trabajo sexual, especialmente con el trabajo sexual de servicio completo. Es como si cuando eres penetrada por un pene, se te despojara de algo. Se ve como algo muy sucio, a pesar de que estás vendiendo tu servicio y no a ti misma. Odio ese punto de vista y, aunque hay muchas cosas que están mal dentro de la industria del sexo, existe también un gran problema en la mayoría de las industrias: así es el capitalismo. La sociedad se haría un grandísimo favor si aplicara el mismo nivel de escrutinio a otras formas de trabajo que el que aplica al trabajo sexual en general.

Dejé el trabajo sexual durante un tiempo cuando tenía 26 años porque me enamoré. Conseguí un trabajo en un bar. Ser camarera era mucho más duro. Recuerdo estar de pie tras la barra, absolutamente desvinculada del mundo, sin estar realmente en aquella sala y teniendo que hacer un turno de ocho horas. Era una tortura.

Estuvimos juntos cuatro años y después de romper no pensaba que fuera a volver jamás al trabajo sexual. Pero conocí a algunas trabajadoras sexuales que me hablaron de la escena activista y pensé que probaría de nuevo. Aquello me fue realmente bien y estoy sinceramente orgullosa del negocio que estoy construyendo: ya no trabajo para agencias, estoy ganando mucho dinero y consigo ahorrar.

Existen dos percepciones del trabajo sexual en los medios: la prostituta feliz, que está súper empoderada, gana montones de dinero y adora el sexo, y la víctima abusada. La mayoría de la gente, yo incluida, no encajamos en ninguno de esos dos modelos. Es preciso que existan más matices. Y, obviamente, tiene que producirse una despenalización para proteger a las trabajadoras sexuales, porque la legislación en torno al trabajo sexual es ridícula. Espero que algún día este trabajo se trate como cualquier otro tipo de ocupación y que a las personas que trabajan en él se les permita organizarse y trabajar como ellas deseen, con derechos laborales básicos.