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Television

La creadora de 'Orange is the New Black' habla de su tiempo en la cárcel

Piper Kerman se inspiró en su estancia en la cárcel por un delito menor de tráfico de drogas para escribir la novela superventas 'Orange Is The New Black'. La novela también se ha convertido en una exitosa serie de televisión.

Anna Furman

Anna Furman

Image of Piper Kerman by Bill Clark via Getty Images

Un cálido día de principios de septiembre conocí a Piper Kerman en la tercera planta del Museo de Brooklyn. En un auditorio tan poco sexy como institucionalmente iluminado estaba ofreciendo una charla junto con la reportera de ProPublica Ginger Thompson acerca del papel que desempeñan los medios populares a la hora de representar el encarcelamiento y las adicciones.

Kerman fue encarcelada por un delito menor de tráfico de drogas cuando la sorprendieron llevando un maletín lleno de dinero procedente de la droga desde Chicago a Bruselas, a las órdenes de un capo de droga asentado en África Occidental conocido como Alaji. Fue encarcelada entre 2004 y 2005 en una prisión de mínima seguridad en Danbury, Connecticut, por aquel delito no violento cometido cinco años antes. La autobiografía sobre su experiencia se adaptó para crear la serie de Netflix Orange Is the New Black.

Kerman y Thompson dan sorbos de agua mientras debaten la cuestión de si la cultura popular puede hacer algo más que simplemente entretener al público. ¿Podría la narrativa contenida en series como Orange is the New Black (OITNB) provocar realmente un cambio social e institucional en el sistema de justicia penal?

Si la pionera investigación de Shane Bauer sobre su empleo como guardia en una cárcel privada para la agencia de noticias Mother Jones o el capítulo final de la última temporada de Orange is the New Black tienen alguna relación con la reciente clausura de la industria de las prisiones privadas entonces sí, la implicación es muy profunda. Kerman describe esta sinergia como un "ejemplo de cómo el periodismo y la cultura popular se combinan para crear un entorno donde un cambio de política es posible, o deseable".

Un ejemplo de cómo el periodismo y la cultura popular se combinan para crear un entorno donde un cambio de política es posible

En la cuarta temporada de OITNB, Pennsatucky tiene un enfrentamiento con Nicky por haber retomado el consumo de heroína. Nicky es la inusual protagonista adicta a las drogas "con la que podemos empatizar e identificarnos", afirma Kerman. Señala que "no vemos muchas representaciones [en la cultura popular] de una persona que lucha contra su adicción a las sustancias de un modo que la humaniza y la convierte en alguien que no sea o aterrador o patético". La historia de Nicky, según Kerman, marca un punto de partida que se aleja del modo en que se representa normalmente a los drogadictos y a los camellos como seres "impulsados por la codicia o por la sed de violencia".

Imagen de Piper Kerman cortesía de Brittney Najar para el Museo de Brooklyn

En una reunión de Narcóticos Anónimos celebrada en la cárcel, Nicky consigue una ficha por estar sobria, pero casi inmediatamente la ficha es confiscada por una oficial del correccional porque se considera contrabando. Kerman alaba el modo en que está escrita esta escena, describiéndola como "eficaz a la hora de mostrarnos el modo en que el sistema está establecido para castigar a la gente y no para sanarles o ayudarles a reformarse".

A continuación comenta cómo se representa el encarcelamiento maternal en un episodio de la primera temporada, en el que Poussey dice: "Estas putas no han visto a sus hijos desde que eran bebés y ahora sus hijos están teniendo sus propios bebés... nadie cuida de ellos". Kerman señala que ese diálogo de Poussey hace que la emotiva experiencia de estar tras las rejas "quede clara de un modo que nos llega al alma en lugar de a la cabeza".

A diferencia del impacto que le provocó OITNB, cuando Kerman vio Breaking Bad se quedó con "una sensación de futilidad y desesperanza".

"Hay un montón de nihilismo vinculado a ese antihéroe masculino y blanco", afirma Kerman. Y explica que nos hemos acostumbrado a ese arquetipo. Si a un narrador le interesa declararse contra la prohibición de las drogas y las herramientas de control de la sociedad, ella encuentra más "interesante" girar la vista hacia las personas ―a menudo mujeres y, más concretamente, mujeres de color― que se han visto marginadas por esas circunstancias. Esas son las historias que tienden a "iluminar el mundo ayudándonos a imaginar que existen otros caminos".

Mientras estuvo en prisión, Kerman mantuvo una wishlist de libros en Amazon que sigue estando online a día de hoy. Los títulos abarcan desde The Handbook of Yoruba Religious Concepts ("Manual de conceptos religiosos de los yoruba"), de Ifa Karade, hasta Una habitación propia, de Virginia Woolf. "Nunca se puede expresar con suficiente vehemencia lo importantes que son los libros para los presos", me explica. "Es una forma legítima de escapar. No puedes escapar de la prisión en términos legales, pero puedes escapar si te adentras en el mundo de un libro" (Kerman es una entusiasta defensora del Women's Prison Book Project por la labor que desempeña distribuyendo libros a las mujeres encarceladas en penitenciarías estatales y federales de todo el país).

No puedes escapar de la prisión en términos legales, pero puedes escapar si te adentras en el mundo de un libro

Durante su condena de trece meses de duración, leyó Random Family ("Familia aleatoria"), de Adrian Nicole LeBlanc, una obra de no ficción literaria sobre una extensa familia que vive en la pobreza en el Bronx; Middlesex, de Jeffrey Eugenides; y The Man Who Outgrew His Prison Cell ("El hombre que creció más allá de su celda"), de Joe Loya, una autobiografía acerca de los siete años que pasó el autor en una prisión federal por atracar un banco. Loya y Kerman empezaron a cartearse durante el encarcelamiento de esta y ahora ella le menciona como una importante inspiración a la hora de escribir su libro. Actualmente, Kerman imparte clases de escritura de no ficción en dos prisiones estatales de Columbus, Ohio.

Resulta inmediatamente obvio para cualquiera que esté próximo a ella que Kerman tiene una gran capacidad para desviar la atención de su propia historia y redirigirla hacia un tema más amplio, que gira en torno al problema que supone la reinserción o la necesidad de suprimir las sentencias mínimas obligatorias en el caso de delitos menores sin violencia. En 2014, testificó ante el Congreso para defender la erradicación de las celdas de aislamiento y ofreció un conmovedor discurso acerca del efecto psíquico que tienen sobre la salud mental de las mujeres. Kerman explica que "el Congreso se encuentra terriblemente atrasado" a la hora de poner en marcha "lo que quieren los votantes: una reforma". Tal y como ella lo expone, "la legislación es sucio proceso de fabricación de salchichas".

En una crítica del libro publicada en Slate y titulada "¿Qué hace una rubia como yo en la cárcel?", Jessica Grose contextualiza el libro de Kerman dentro del marco de un género de "transgresión de clase media". Con frecuencia se considera que Kerman es un caballo de Troya, es decir, un punto de acceso seguro para que el público blanco conozca las injusticias perpetradas a nivel institucional con las que por desgracia está mucho más familiarizado el público de color. Gran parte de las cosas que se escriben sobre Kerman, incluyendo su propia biografía, se centra mucho en su cabellera rubia. Al centrarse en el pelo rubio, los ojos azules y otros rasgos distintivamente caucásicos, es como si los medios de comunicación dijeran: si el sistema de justicia penal ha sido capaz de fallar a esta mujer, que tiene todos estos privilegios sociales, ¿cuánto no estará fallando a las mujeres de color, especialmente a las que proceden de comunidades empobrecidas?

Kerman va a eventos de alfombra roja y posa frente a carteles con la versión televisiva de sí misma, Taylor Schilling. También es asesora de la serie y en una etapa inicial del programa desempeñó un papel muy significativo a la hora de indicar qué aspecto debería tener y qué sensación debería dar el mundo ficticio de la Prisión de Litchfield. Pero su repercusión se nota a un nivel más amplio y más profundo: en sus clases de escritura, en los discursos frente al Senado y en el trabajo de campo, que no se filma, de amplificar las voces de quienes están atrapadas en el sistema penitenciario.